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viernes, 10 de febrero de 2017

"REFLEXIONES"..." Leonardo da Vinci afirmaba: «Cuanto más oscuro está el cielo astronómico… más claras y brillantes se ven las estrellas»...

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El hombre no sólo ve; contempla, y por lo tanto se sabe trascendente.

El hombre sabe, y sabe que sabe; reza, y sabe que reza.



Pese a Einstein y su carta desdeñosa, la religión no es infantilismo



Los "nuevos ateos" hablan de la religión como "puro producto de la evolución" o "rasgo infantil" del hombre. ¿Profundizan?
Hace unas semanas se encontró una carta inédita de Albert Einstein dirigida en 1954 al filósofo alemán Eric Gutkind. En su misiva, el célebre físico alemán consideraba la Biblia como una narración infantil, y Dios, un producto de la debilidad de los hombres.

No es mi intención discutir las afirmaciones contenidas en esta carta. Dejo a otros la tarea de analizarla y comentarla a la luz de los demás escritos de Einstein  para ver en qué medida sus palabras deben ser consideradas como definitivas.

Sí me parece más provechoso proponer algunas reflexiones sobre el origen de la religión en la vida del hombre, pues creo que es más interesante volver sobre esta cuestión que preguntarse sobre las creencias o convicciones de un científico que, por muy célebre y competente que sea en ámbito científico, en materia religiosa, tiene tanta autoridad como cualquier otro hombre.

En un artículo aparecido en el diario español “El País” del 20 de mayo de 2008, Mónica Salomone se pregunta, a propósito de la carta de Einstein, sobre el origen de la religión y de la idea de Dios.

Si Dios existe o no, no es una cuestión científica, afirma. Desde el punto de vista estadístico el número de personas que creen en la existencia de Dios está muy por encima de sus detractores, pero la existencia de Dios no es una cuestión de estadísticas.

Lo que la ciencia sí puede esclarecer – según ella – es el origen de la religión en la conciencia del hombre. Para ello acude a diversos científicos de renombre procurando sacar algo en limpio.

La religión, lo mismo que la cultura y la biología, es producto de la selección natural. Lo que significa que la religión – o la capacidad para desarrollarla –, lo mismo que el habla, por ejemplo, sería un carácter que da una ventaja a la especie humana, y por eso ha sido favorecido por la evolución. Así piensa E. Carbonell, uno de los profesores entrevistados en el artículo.

Esta tesis es interesante, pero, a mi modo de ver, carece de profundidad, en cuanto que reduce la religión a una mera cuestión de evolución biológica.

Es verdad que la evolución ha influido, pero la evolución, como mucho, me explicará el cómo – precisamente la dimensión de la religión, en cuanto fenómeno humano que depende de la biología –, pero no el por qué último de la religión.

Más insatisfactoria aún me parece la respuesta de Carbonell cuando comienza, según él, a “hacer filosofía”. La religión vendría a tapar el hueco ante las preguntas sin respuesta empírica que le surgen al hombre como fruto de su interacción con el medio ambiente en su proceso evolutivo.

“ Hagamos, pues, filosofía”.

Hace un par de años conversaba con el profesor Fernando Pascual, catedrático de historia de la filosofía antigua en una universidad italiana y experto en la filosofía de Platón. A fin de cuentas – le preguntaba – ¿cuál sería el argumento filosófico más fuerte para demostrar la espiritualidad del alma?

La reditio completa, me respondió sin ambages. La reditio completa, o autorreflexión, es la capacidad que tiene la inteligencia humana de volver sobre su propio acto para conocerlo, o mejor, para reconocerlo.

Todos los demás sentidos, que dependen de un órgano material (el ojo, las papilas gustativas, el oído, etc.), son incapaces de volver sobre su propio acto. El ojo ve, pero el ojo no puede ver su acto de ver, no puede ver que ve. La misma cosa ocurre con los demás sentidos que dependen de un órgano sensible. Cuando el ojo “se mira” al espejo, no está mirando su acto de ver, sino su reflejo en el cristal.

Por el contrario, el entendimiento no depende de un órgano material, no sólo conoce, sino que conoce que conoce: vuelve sobre su acto y se “da cuenta” de que lo está realizando.

El cerebro no es el órgano del entendimiento. Como mucho el cerebro presenta al entendimiento los objetos sobre los que pensará, y si él está dañado, el entendimiento no podrá “conocer” porque le faltará la “conexión” con la sensibilidad. Pero el entendimiento, precisamente porque puede volver sobre sí mismo, puede pensarse diverso y separado del cerebro, en cuanto órgano material.
Esta capacidad cognoscitiva es propia del hombre. Los animales saben, aprenden, tienen habilidades, pero no saben que saben, no saben que aprenden y no saben que tienen las habilidades que tienen.

El hombre, por el contrario, no sólo percibe objetos, sino que además se conoce a sí mismo en el acto mismo de conocer, de percibir. Se conoce como cognoscente, como “sentiente”. Esto es la reditio completa, la autorreflexión.

Por esta capacidad única del hombre, sabemos que su acto de conocer es un acto de un ser espiritual, porque no está sometido al espacio material y por lo tanto puede “volver” (de aquí reditio) completamente sobre su acto.

Apliquemos esta doctrina a la religión. De acuerdo con Mircea Eliade, uno de los más grandes estudiosos de la historia comparada de las religiones – ni qué decir tiene que sus afirmaciones tendrán en línea de principio más peso que las de Einstein –, la religión surge allí en donde se percibe una cierta trascendencia.

La religión no surge sólo, ni exclusivamente, como fruto de la ignorancia, ante la incapacidad de dar respuestas empíricas ante los interrogantes de la vida. Esto es sólo un aspecto. Cuanto menos surgirá – al modo freudiano – como fruto de una neurosis causada por el complejo de Edipo. La religión, la dimensión religiosa, brota de la dimensión más elevada del hombre, de su inteligencia abierta a la trascendencia.

¿Qué significa que la religión surge allí donde el hombre percibe una cierta trascendencia? Significa precisamente lo que hemos estado diciendo: que el hombre entra en la dimensión religiosa con el mismo acto con que entra dentro de sí, con la autorreflexión.

Cuando un coyote aúlla a la luna, éste no realiza un acto religioso. Como decíamos, el animal no reflexiona. El coyote realiza este acto movido por el instinto, habiéndolo aprendido antes de otros seres de su especie. Aúlla a la luna, pero no sabe que lo está haciendo, y, por lo tanto, es incapaz de preguntarse por qué lo está haciendo. Aúlla y basta.

El hombre que contempla la luna – dejamos de lado, por ahora, el valor religioso universal de este acto – se encuentra en una situación radicalmente diversa a la del coyote. Él contempla la luna y, mientras la contempla, percibe, primero casi intuitivamente, que efectivamente la está contemplando. Contempla la luna y, en el mismo acto, se descubre a sí mismo como el sujeto de sus actos, como un “yo” diverso de lo que le rodea.

Se da cuenta de que es él quien contempla, y, de la luna, pasa a contemplar sus pensamientos, a vivenciar sus sentimientos, a disfrutar de la brisa fresca de la medianoche, etc. Pasa del exterior a su mundo interior. Se descubre a sí mismo como ser espiritual, como una persona que puede decir “yo”; en definitiva, como un ser trascendente. En síntesis, según la expresión de sabor agustiniano: de las cosas exteriores, a interior, y de las profundidades del interior se eleva a las realidades superiores, trascendentes.

En este instante surge la religión. Luego vendrán las preguntas sin respuesta: ¿qué hago aquí? ¿Por qué existo? ¿Cuál es el fin de mi vida? ¿Qué sentido tiene la vida, la muerte, el sufrimiento, el amor? ¿Hay Alguien detrás del firmamento? ¿Hay Algo (con mayúscula) que no muera, que no sufra, que sea inmutable en su felicidad? etc.

Dios es algo muy distinto de “una expresión de la debilidad humana”, como afirma Einstein. Si la gran mayoría de los seres humanos son religiosos, no es precisamente porque sean estúpidos e ignorantes, sino porque desde siempre creer en Dios se les ha hecho la cosa más normal del mundo, más en consonancia con su vida, independientemente de la situación existencial – de sufrimiento o de serenidad – en la que se encuentren.

Cuando Einstein escribe que la Biblia es una colección de respetables, aunque primitivas leyendas infantiles, demuestra una grande ignorancia de lo que es y ha sido la Biblia para el pueblo hebreo, al que él se sentía – como afirmaba en su carta – orgulloso de pertenecer. Bastaría darse la molestia de abrir cualquier manual de Teología fundamental para advertir de que si hay algo claro en la Sagrada Escritura, sobre todo en los primeros capítulos del Génesis, es la crítica de los mitos cananeos y la reducción de las potencias naturales – el sol y la luna, adoradas como divinidades – a simples criaturas sometidas al poder del Creador.

El lenguaje y las imágenes serán condicionadas por el contexto histórico cultural del pasado, pero el mensaje que trasmiten, es siempre válido. Por otro lado el monoteísmo bíblico es una conquista única en la historia de las religiones. Desconocer esto es como mínimo ignorancia.

Al grande Einstein, al que se le reconocerá perpetuamente por sus aportaciones científicas, se le pide, como se le pide a cualquier científico de nuestros días, la seriedad necesaria para no hablar de cosas que desconocen. Y por ciertas afirmaciones que se encuentran en los periódicos, de respetables científicos, está ignorancia se mezcla en más de una ocasión con la mala fe.

Aceptar o no el contenido que la Biblia propone implica un acto de fe. Adherirse a ella es una cuestión de convicción en la libertad. La dimensión religiosa y la existencia de Dios son otras cuestiones bien diversas.

Puedo libremente adherirme al Dios que me propone la Biblia. Nadie me puede obligar a creer que la Biblia es un libro inspirado por Dios.

Lo que no puedo hacer – es ésta una exigencia de la razón – es considerar mito infantil lo que es, lo hemos demostrado, fruto del ejercicio más elevado del entendimiento humano: su capacidad de reflexión, de volver sobre sí mismo para descubrir que todo lo que nos rodea, por su belleza y por su contingencia, por su grandeza y por su caducidad, es una invitación a elevarse, a trascender, a entrar en la esfera de la espiritualidad, a tocar y descubrir la presencia y la acción de Dios.

Será tal vez el Dios de los recuerdos infantiles (que no por ser infantiles son menos reales), pero también será el Dios matemático que rige el curso de los astros y el Dios que habla en la conciencia. Es finalmente el único Dios personal que ama y entra en diálogo con el hombre.





Necesidad de Dios - Don Miguel de Unamuno contó la vivencia que un día le tocó vivir. Fueron momentos de sufrimiento… Concretamente la esposa de Don Miguel estaba enferma. Llamaron a un eminente médico. «Mientras el médico, en la habitación, hacía una valoración de la enfermedad de mi esposa..., yo, paseando nervioso por el pasillo... invocaba con el corazón... a Aquel que tanto... yo había negado... con mi mente…».
Leonardo da Vinci afirmaba: «Cuanto más oscuro está el cielo astronómico… más claras y brillantes se ven las estrellas». El dramaturgo, Eugene Ionesco, durante una entrevista, manifestó: «No es cierto que hoy sean pocos los que buscan a Dios. Las personas lo buscan siempre. Quizá lo buscan en los ídolos de la canción, del deporte, de la política, del terrorismo… No es posible una sociedad sin Dios… No sé si, desde mi pobre fe, puedo decir que creo en Dios... pero sí sé -con seguridad- que Dios me falta». Es aquello que dice Osuna: «La ruptura de Dios... no suprime la necesidad de Dios». Mauriac, escritor católico francés, Premio Nobel de Literatura, confesaba: «Donde hay un corazón humano que sufre..., allí pone Cristo su morada». Y añadía: «Dios no da una respuesta… a nuestras preguntas llenas de ansiedad… Dios, Cristo, se da a sí mismo». Agradecemos A: J.M. Alimbau - 2007-I-03 Esp.L.R.









¿POR QUÉ EXISTE EL MAL? ¿ES QUÉ DIOS LO CREÓ?




Al parecer...

Un profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta.



—¿Dios creó todo lo que existe?



Un estudiante contestó valiente:



—Sí, lo hizo.



—¿Dios creó todo?



—Sí señor, respondió el joven.



El profesor contestó:



—"Si Dios creó todo, entonces Dios hizo el mal, pues el mal existe y bajo el precepto de que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, entonces Dios es malo.



El estudiante se quedó callado ante tal respuesta y el profesor, feliz, se jactaba de haber probado una vez más que la fe cristiana era un mito.



Otro estudiante levantó su mano y dijo:



—¿Puedo hacer una pregunta, profesor?.



—Por supuesto, respondió el profesor.



El joven se puso de pie y preguntó:



—¿Profesor, existe el frío?



—¿Qué pregunta es esa? Por supuesto que existe, ¿acaso usted no ha tenido frío?

El muchacho respondió:



—De hecho, señor, el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en realidad es ausencia de calor. "Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se volverían inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor.




—Y, ¿existe la oscuridad?, continuó el estudiante.



El profesor respondió:



—Por supuesto.



El estudiante contestó:



—Nuevamente se equivoca, señor, la oscuridad tampoco existe. La oscuridad es en realidad ausencia de luz. La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores en que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber cuán oscuro está un espacio determinado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio, ¿no es así? Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente.



Finalmente, el joven preguntó al profesor:



—Señor, ¿existe el mal?.



El profesor respondió:



—Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son del mal.



A lo que el estudiante respondió:



—El mal no existe, señor, o al menos no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios. Dios no creó el mal. No es como la fe o el amor, que existen como existen el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz.



Entonces el profesor, después de asentir con la cabeza, se quedó callado.



El nombre del joven era,
al parecer, Albert Einstein.
(sea o no Einstein el involucrado en el relato, la cuestión es que el relato en si mismo es una verdad absoluta, sin importar el nombre del niño )...





Frases de Albert Einstein sobre la espiritualidad

1. Quiero saber cómo Dios creó este mundo. No me interesa este o aquel fenómeno, en el espectro de este o aquel elemento. Quiero saber Sus pensamientos; el resto son detalles.



2. La ciencia sin religión está coja. La religión sin ciencia es ciega.



3. Mi religión consiste en una humilde admiración del ilimitado espíritu superior que se revela a sí mismo en los pequeños detalles que podemos percibir con nuestra frágil y débil mente.



4. Cuanto más avanza la evolución espiritual de la humanidad, más seguro me parece que el camino hacia la genuina religiosidad no reside en el miedo a la vida, y el miedo a la muerte, y la fe ciega, sino a través del esfuerzo del conocimiento racional.



5. Todo el que está seriamente involucrado en la búsqueda de la ciencia se convence de que un Espíritu se manifiesta en las leyes del Universo ,un espíritu muy superior al del hombre, frente al cual uno con nuestros modestos poderes debe sentirse humilde.



6. El sentimiento religioso de los científicos toma la forma de un extasiado asombro ante la armonía de la ley natural, que revela una inteligencia de tal superioridad que, comparada con ella, todo el pensamiento sistemático y la actuación de los seres humanos es un reflejo absolutamente insignificante.



7. No hay forma lógica para el descubrimiento de las leyes elementales. No es sólo el camino de la intuición, que es ayudado por una sensación de orden que está detrás de la apariencia.



8. La mente intuitiva es un regalo sagrado y la mente racional es un fiel sirviente. Hemos creado una sociedad que honra al sirviente y ha olvidado el regalo.



9. La cosa más bella que podemos experimentar es el misterio, es la fuente de todo arte y ciencia verdaderos.



10. Debemos tener cuidado de no hacer al intelecto nuestro dios, aquel tiene, naturalmente, poderosos músculos, pero no personalidad.



11. Quien se compromete a erigirse a sí mismo como juez de la Verdad y del Conocimiento es náufrago de la risa de los dioses.



12. Cuando la solución es simple, Dios está respondiendo.



13. Dios no juega a los dados con el universo.



14. Dios es sutil pero no malicioso.



15. Un ser humano es una parte de un todo, llamado por nosotros Universo, una parte limitada en el tiempo y en el espacio. Se experimenta a sí mismo, sus pensamientos y sentimientos como algo separado del resto, una especie de ilusión óptica de su conciencia. Esta ilusión es una especie de prisión, que nos restringe a nuestros deseos personales y al afecto por unas pocas personas cercanas a nosotros. Nuestra tarea debe ser liberarnos de esta prisión ampliando nuestro círculo de compasión para abarcar a todas las criaturas vivientes y toda la naturaleza en su belleza.



16. Nada beneficiará la salud humana y aumentará las posibilidades de supervivencia de la vida en la Tierra tanto como la evolución hacia una dieta vegetariana.



17. El hombre que considera su propia vida y la de sus semejantes como carente de sentido no es solamente desgraciado, sino casi descalificado para la vida.

18. La paz no se puede mantener por la fuerza. Sólo puede lograrse mediante la comprensión.



19. Sólo una vida vivida para los demás es una vida que vale la pena.



20. La mente humana no es capaz de comprender el Universo. Somos como un niño pequeño entrando en una enorme biblioteca. Las paredes están cubiertas hasta los techos con libros en muchas lenguas diferentes. El niño sabe que alguien debe haber escrito esos libros. No sabe quién ni cómo. No entiende los idiomas en que están escritos. Pero el niño señala un plan definido en la disposición de los libros, un misterioso orden que no comprende, pero sólo vagamente sospecha.



21. Lo importante es no dejar de hacerse preguntas. La curiosidad tiene su propia razón de existir. Uno no puede dejar de estar en temor cuando contempla los misterios de la eternidad, de la vida, de la maravillosa estructura de la realidad. Es suficiente si uno trata simplemente de comprender un poco de ese misterio cada día. Nunca pierda una sagrada curiosidad.



22. Lo que veo en la Naturaleza es una estructura magnífica que podemos comprender sólo muy imperfectamente, y que esto debe cubrir una persona pensante con un sentimiento de humildad. Este es un sentimiento genuinamente religioso que no tiene nada que ver con el misticismo.



23. La mejor emoción de la que somos capaces es la emoción mística. Aquí yace el germen de todo arte y toda ciencia verdadera. Cualquier persona a la que este sentimiento es ajeno, que ya no es capaz de asombro y vive en un estado de miedo es un hombre muerto. Saber que lo que es impenetrable para nosotros realmente existe y se manifiesta como la más alta sabiduría y la belleza más radiante, cuya forma bruta sólo son inteligibles a nuestras facultades pobres, este conocimiento, este sentimiento … que es el núcleo del verdadero sentimiento religioso. En este sentido, y sólo en este sentido, me encuentro entre los hombres profundamente religiosos.



24. El verdadero problema está en los corazones y en las mentes de los hombres. Es más fácil desnaturalizar plutonio que desnaturalizar el espíritu malvado del hombre.



25. La verdadera religión es vida real, viviendo con toda el alma, con todo lo bueno de uno y la justicia.



26. La inteligencia nos aclara la relación entre medios y fines. Pero el mero pensamiento no puede darnos una idea de los fines últimos y fundamentales. Para dejar en claro estos objetivos fundamentales y las valoraciones y ponerlos rápidamente en la vida emocional del individuo, me parece que precisamente la función más importante que la religión tiene para moldear en la vida social del hombre.


Albert Einstein. Mis ideas y opiniones. Publicado por Bon Ton. Barcelona. The Albert Einstein Archives, The Jewish National and University Library, The Hebrew University of Jerusalem, Israel.??ISBN 84-930516-3-2?páginas 32 a 47
http://www.conocereisdeverdad.org


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